lunes, 21 de diciembre de 2009

AGOSTO

Sigue la nieve castigando el ventanal. Los vidrios traspiran lentamente, obedientemente. El viejo cortinado blanco, algo bajo y ajado, ha abierto sus brazos de par en par, para que se pueda ver y admirar. Agosto. Una lenta bocanada choca contra el vidrio, entrechoca con otra procedente del lado opuesto. Intentan en el aire un juego dulce de trapecistas sin red, con algo de circo barato, de osadía a largo plazo. Ahora llega el café, bien cargado y amargo de un lado, con leche y edulcorante del otro. Sigue la nieve y parece que va a durar la eternidad. Viernes amaneciendo. Las primeras bocinas, poca agitación en medio de la polución. Suena una música obediente a los deseos del momento. En el danzar de los ojos se puede ver el frío, que no se siente, porque está afuera. Hay cuatro ojos. Dos pares, desnudos. Hay humo. Hay la necesidad de silencio. Fin del disco. Lo circular y lo finito. Pero ese instante parece infinito. Hay la necesidad del fuego de la estufa que no cesa. La estufa es como un regreso. Y así todo. Caen los brazos del cortinado, de pura envidia, porque otros cuatro brazos se han entrelazado en un espiral. Caracol, caracol. Se lamen las falanges, se tropiezan las narices. Entre el cristal y el cortinado comienza una travesura de imanes, lo frío y lo cálido, lo seco y lo mojado, el vidrio y la tela. Empapada queda una porción del cortinado. Los brazos suprimen el derrotero, porque las bocas toman ahora un protagonismo húmedo y de primer plano de película muda y en blanco y negro. Lo e-pi-dér-mi-co. El ventanal solo. El cortinado solo. El afuera, el adentro. La renuncia o la ceremonia. La ceremonia. Dos cuerpos amalgamados en uno solo. El afuera frío, el adentro... Ya ha amanecido, y la ciudad apresa arbitrariamente esos dos cuerpos. Se acerca la hora de las tareas. Se acerca el momento de ser lo que no son, y deberán ser, mientras sigue la nieve castigando el ventanal.

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