
Uno puede entrar a cualquier negocio del microcentro mendocino y gritarle al mercader que está detrás del mostrador que es un cornudo y que su madre es la peor criatura que ha parido La Tierra. Es más, uno puede entrar a cualquier bolichón de mala muerte y comerse un alfajor triple por la nariz, luego beberse un litro de jugo de soja sabor naranja y vomitarlo por todo el salón, que a nadie le va a molestar. Cualquiera puede entrar a un comercio desnudo y con plumas de colores en la cabeza cantando a los gritos la discografía completa de Los Trovadores de Cuyo y a nadie le va a molestar. Pero cuando uno se atreve a pedir cambio en monedas para viajar en ómnibus, la odisea es grande y hay que atenerse a las consecuencias, porque lo menos que pueden hacerle a uno es sacarlo a puntapiés del lugar y gritarle: “no hay monedas”.
“This is a plastic age man, a plastic age”, sí, eso lo entiendo, es archisabido, pero el tema es que uno se ve totalmente impedido de dirigirse desde el punto A al punto B, porque no posee el bendito plástico denominado RED BUS.
La pregunta es la siguiente: ¿adónde van las monedas? Don Enrique Santos Discépolo en el descanso de un film le pregunta a Olga Zubarri: “¿che, vos sabés quiénes son los pobres más pobres?”, y la rubia actriz le responde “pero Enrique, qué pregunta me hacés, es lógico que los pobres más pobres son los pobres” Y el poeta responde: “No Olguita, los pobres más pobres son los ricos, porque de tanto contar monedas no tienen tiempo de contar las estrellas”. Luego de estas palabras y careciendo del plástico y de monedas para poder viajar en ómnibus desde el punto A hacia el punto B, me voy caminando despacio, con el pucho entre los labios, silbando un tango de Don Enrique, y pensando hacia dónde van las monedas. En verdad poco me importa saberlo, voy ocupadísimo contando estrellas.
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