
Saliendo del supermercado con dos bolsas en la mano izquierda y un cigarrillo en la derecha, observo un conglomerado de idiotas que se encuentra parado frente a un hotel cinco estrellas esperando no sé qué, y caigo en la conclusión que allí se aloja un equipo de fútbol, y esa trouppe de buenos para nada está esperando una fotografía o un autógrafo. Sigo caminando en dirección norte y el pordiosero ciego de la otra cuadra estira accidentalmente la pierna derecha. Tropiezo. Rápidamente me reincorporo. Me pide disculpas y torpemente le arrimo unas monedas que justamente había guardado para hablar por teléfono. Su mano se cierra automáticamente al momento que me bendice en nombre de Dios. Prosigo. Cruzando por la senda peatonal un automovilista se prende a la bocina de su camioneta que parece ser la heladera de una carnicería y prorrumpe en insultos y gestos nada amables contra mi persona. Oigo algo así como que el semáforo estaba en rojo. Yo lo vi verde. Frente a una cabina telefónica me encuentro con la sorpresa de las monedas. Justamente no tengo monedas. Pido cambio al mercader ubicado en un cubículo mugriento y el tipo ni se digna mirarme a los ojos. Nada del otro mundo, pienso. Continúo. A lo lejos percibo la voz de un guacamayo como saliendo de una gruta congelada, y en realidad es una señora que entre agitada y llena de fastidio me acusa de haberle robado sus dos bolsas de supermercado. Afable, le explico que debe haber un error. Efectivamente. Veo que esas dos bolsas que convencido creía eran de mi posesión se encuentran colmadas de productos lácteos. No tolero la lactosa. Entre disculpas y más disculpas intento nuevamente continuar. Desde un balcón, un grupo de jóvenes ensaya otra tonta canción de rock. Alguna vez yo fui adolescente. No puedo dejar de parpadear. Creo que corre viento zonda. Ya en casa, y destapando una botella de salsa de tomate para darle rienda suelta a mi arte culinario, una rata pequeña, blanca y parece joven asoma tímidamente del gollete y se sacude del contenido rojo. Hoy mi nervio óptico me ha jugado demasiadas malas pasadas, y es así que decido seguir con la cena. Confundo dos esencias aparentemente distintas, le agrego sal al café y azúcar a las papas fritas. Creyendo que has llegado he preparado cena para dos. Espero un par de horas. Dos horas. Imposible comer doble ración. Luego vienen las pesadillas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario